MIRANDO A OTRO LADO

Miedo a la ira popular

A casi tres años de la gestión del Presidente que prometió nueva vida para la República y cada mexicana y mexicano. Y ofreció decapitar a los tres símbolos que él mismo había definido como los crisoles del mundo que moría y anunciaba el nuevo que nacía.

Ricardo Pascoe Pierce / Mirando a otro lado / Opinión El Heraldo de México
Escrito en OPINIÓN el

Las rejas alrededor de la republicana casa presidencial de Los Pinos permitían ver hacia adentro del predio para satisfacer la curiosidad y el espíritu voyeur de los mexicanos, pero dejando en claro, al mismo tiempo, la inutilidad de tratar de franquear esa barrera.

Los muros ciegos alrededor de la nueva morada monárquica presidencial-Palacio Nacional sirven para aplastar la curiosidad del ciudadano. No se puede ver nada, porque todo lo que ahí reside es un Secreto de Estado. A pesar de eso, ahora lo sabemos, esa muralla no es suficiente para apaciguar el morbo político.

El actual Presidente hizo de tres símbolos populares el contenido sustantivo de su campaña, para que sirviera de tapadera del alcance imperial y autoritario de su gestión. Tres símbolos que calaron en el sentir nacional: vender el avión presidencial, desaparecer el Estado Mayor Presidencial y dejar de vivir en la ostentosa Casa Presidencial de Los Pinos.

Tres símbolos que en realidad tocaron asuntos de forma, no de fondo, pero que capturaron el imaginario popular y le permitieron ganar la Presidencia de la República. Lo que también ha mostrado en los casi tres años de gestión es que es un maestro en el manejo de símbolos, siempre utilizando las formas para ocultar o tapar el verdadero fondo de las cosas.

Convenció que esos tres símbolos, el avión, Estado Mayor y Los Pinos, eran la encarnación de lo mal que estaba la vida nacional y las vidas cotidianas de todos los mexicanos. Eran la encarnación de una clase política que había gobernado desde la opulencia, la corrupción y con miedo a las masas populares enardecidas.

Eliminar esos tres símbolos y hacer escarnio de ellos, permitiría empezar a sanar la vida nacional  y la de todos los mexicanos. La convicción de esta receta política de salud pública era tan obvia como sencilla. De su discurso se desprendía una conclusión evidente: había que convertir al anunciante de la solución en Presidente y la historia de México será otra.

Fast Forward a casi tres años de la gestión del Presidente que prometió nueva vida para la República y cada mexicana y mexicano. Y ofreció decapitar a los tres símbolos que él mismo había definido como los crisoles del mundo que moría y anunciaba el nuevo que nacía.

De los tres símbolos que prometían una República resucitada, la historia de su devenir es harta conocida, para quienes la quieran ver. Los vericuetos de la venta del avión moverían a un país que se toma en serio a la hilaridad y a la renuncia de los responsables. Desde los anuncios en lo que se gastaría el dinero recaudado por su venta, multiplicado por veinte veces su valor, hasta una tamalada para obligar a empresarios ricos a comprar boletos de una rifa del avión que nunca incluyó el avión, y, ahora, un silencio absoluto sobre el caso que retumba en los oídos nacionales. El símbolo de la decadencia de gobiernos se ha convertido en la muestra de un gobierno que se mueve entre la ineficacia y la fantasía construida a partir de la ignorancia.

El Presidente aún se mueve a bordo de aviones comerciales, pero provocando un descontento con el pasaje que desprecia la infortunio de viajar con el Presidente y sus insolentes acompañantes, además de la creciente oposición política que se expresa en los pasillos de los aeropuertos y dentro de las cabinas.

Se declaró desaparecido el Estado Mayor Presidencial, pero la guardia pretoriana alrededor del Presidente en sus giras crece conforme avanza su gestión y el descontento popular contra sus políticas. El Presidente siempre pernocta en cuarteles militares, lejos de las amenazas de la realidad. El miedo lo acompaña en sus giras.

Cuando llegan al país invitados oficiales, como Evo Morales, Alberto Fernández o José Mújica siempre aparece un despliegue de guardianes que, si no son el Estado Mayor Presidencial, vaya que se parecen a lo mismo. Interrumpen el tráfico para agilizar el caso de comitivas oficiales, impiden que el público se les acerque y controlan sus movimientos.

Quizá desapareció el Estado Mayor Presidencial formalmente, pero algo mucho más grande y temible tomó su lugar. Por cierto, copiona como es, la jefa de Gobierno decretó la desaparición del cuerpo de Granaderos. Pero vaya cosa ha aparecido en su lugar: una policía violenta que ha convertido a Palacio Nacional en un palacio medieval resguardado por milicianos listos para enfrentar a los “infiltrados y provocadores de la marcha de mujeres” (AMLO dixit).

El nuevo Presidente no pernoctó ni una noche en Los Pinos, fiel a su palabra. De hecho, transformó ese espacio en un centro cultural y de subastas, por su carácter útil y republicano. En cuanto pudo, el Presidente se mudo...a Palacio Nacional. Ese Palacio que es el símbolo del virreinato y el dominio de españoles sobre “los naturales”, de blancos sobre morenos.

Finalmente, el haber preferido vivir en un Palacio monárquico en vez de la casa presidencial republicana de Los Pinos pinta de cuerpo entero la disonancia entre el discurso político del Presidente y su ejercicio real de gobierno. La combinación de populismo y autoritarismo encuentra su vértice articulador en el personaje que dice que vela por los más pobres mientras deambula por los pasillos de su palacio virreinal, rumiando sus odios y resentimientos.

El avión nunca se vendió y cuesta una fortuna su mantenimiento en tierra. Un desfalco al erario. El Estado Mayor Presidencial se transformó en un cuerpo de seguridad presidencial más caro que lo que había antes. Otro desfalco al erario. Y el Presidente se mudó a un Palacio Nacional virreinal para vivir a plenitud su fantasía de ser el nuevo Emperador de México, emulando más a Iturbide y Díaz que a Juárez y Madero.

El Palacio Nacional amurallado es el símbolo más claro no sólo del fracaso de este gobierno, sino que habla de algo más grave. Significa que el miedo a la ira popular es lo que guía las políticas de este gobierno. Y ese es el peor consejero posible para un México que enfrenta tantas crisis simultáneas.

POR RICARDO PASCOE PIERCE
RICARDOPASCOE@HOTMAIL.COM
@RPASCOEP