A tu altura

Decía Sabina: “Serás todo lo guapa que quieras, pero dime… ¿si el mundo fuera ciego, a cuánta gente impresionarías?”. Es necesario hacer un alto a las apariencias

A tu altura
Paola Albarrán / Aire para pensar y dejar pensar / Opinión El Heraldo de México

Si nadie pudiéramos ver, dejaríamos de tapar mentiras de nosotros a nosotros mismos y aceptaríamos, pues curiosamente… si no tuviéramos el sentido de la vista, es cuando en otro sentido tendríamos mayor claridad.

Nos olvidaríamos de tener la razón siempre y prestaríamos más tiempo a creer en las historias que nos hagan imaginar, y que nos transporten a universos llenos de verdad. No tendríamos vértigo a las alturas y nos atreveríamos a volar a nuestra altura, donde nos toca estar, más alto, sin que nos importe nada… más que disfrutar el vuelo y sentir el aire en el pelo.

Nos presentaríamos y conoceríamos por historias de boca en boca, que con el pasar de los años; nos haríamos más heroicos o de menor tamaño, pero todo relacionado al tamaño de nuestro valor, de nuestros actos, de nuestro corazón.

Si nadie pudiéramos ver, seríamos más sensibles para hacer notar lo que importa, lo que deja, lo de adentro, lo que no se ve; juzgaríamos menos y sin duda seríamos más libres. Se agudizarían todos los demás sentidos; y andaríamos más despacio, percibiendo los olores y las texturas que pierden proporción con la velocidad del día a día.

Refinaríamos más nuestras palabras, nos contaríamos cualquier comentario con más cuidado, con más elegancia, con más dulzura, y nuestro vocabulario se expandiría como se expande el universo, y sin duda tendríamos más tiempo de escuchar. Diríamos sin más prejuicios la verdad, pues no hay nada que ocultar, y el miedo desaparecería en gran medida, pues no podríamos mirarnos al espejo y enfrentarnos a nosotros mismos cuestionándonos esas preguntas profundas en donde difícilmente se encuentra la respuesta.

Nos olvidaríamos de compararnos, que no es más que una enorme pérdida de tiempo, nadie somos igual a nadie. Si cada quien está totalmente capacitado para diferentes atmósferas. Nos debilita, nos quita una parte de nosotros y perdemos el propósito de
nuestra existencia, se nos olvida que estamos completamente capacitados, con la mochila llena de nosotros mismos para poder cruzar cualquier camino, y además disfrutarlo.

Navegaríamos los mares internos, y con las olas más grandes nos bastaría una mano para que nos guíe, o pensemos que nos guía, que nos sostiene; que nos abraza. Rezaríamos más. Comeríamos con tanta atención que cada bocado sería una explosión de sabor. Y la música sería algo similar a un viaje a la galaxia más lejana, o por qué no, muy cercana, dentro de nosotros, creando y vibrando cada nota en un sentimiento, construyéndonos, edificándonos.

Los amigos se volverían tesoros a los que jamás quisiéramos enterrar. Y los hijos… ¡Aaaa!  No serían diferente a lo que tenemos, pues están en la punta de cualquier escala de valor, pero tendríamos más tiempo de jugar entre trenes, muñecas y sirenas. O simplemente tendríamos más tiempo de escucharlos.

No revolveríamos los amores, tendríamos tiempo de acomodar cada cosa en su lugar, seríamos más consientes de saber hasta donde dar y dejarlo ir si no te pertenece más. Estaríamos más atentos a escuchar al corazón gritar para hacernos saber cuándo hay que tirar las llaves si has encontrado tu otra mitad.

POR PAOLA ALBARRÁN
PAOLAALBARRAN1@GMAIL.COM
PAOLAALBARRAN.COM.MX
@PAOLAALBARRAN
BGM


Compartir