ARTE Y CONTEXTO

A lo picante, vino abundante

Los mercados mexicanos son, a distintos niveles, parte fundamental de la cultura de este país. Hay muchas historias que lo confirman y que se han refugiado bajo sus techos y toldos por siglos

OPINIÓN

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Julen Ladrón de Guevara / Arte y Contexto / Opinión El Heraldo de México

Los mercados mexicanos son, a distintos niveles, parte fundamental de la cultura de este país. Hay muchas historias que lo confirman y que se han refugiado bajo sus techos y toldos por siglos, así que hoy tenemos recetas antiguas que siguen vigentes, una riqueza lingüística inconmensurable o mercancía baratita para alivianarnos el fin de quincena.

Estos centros de abasto han sobrevivido al paso de los siglos renovándose y conservando su esencia, que es la de la venta directa, dicharachera y amable la mayoría de las veces. Sin embargo en su patio trasero tienen un panteón de oficios, pregones o artefactos que sucumbieron a la modernidad. Ahí descansan también un sinnúmero de comerciantes que desaparecieron de manera innecesaria porque no se supieron administrar.

Este es un tema que ocupa un espacio permanente en mi cabeza porque convivo intensamente con empresarios de mercados y aprendo mucho de ellos. Los más exitosos son puntuales, valientes y desapegados, saben cuándo venderlo todo para volver a empezar en pos de la prosperidad y tienen fe en sus productos porque los escogieron bien. Y mientras van caminando, suceden algunos pequeños milagros emanados del esfuerzo y del trabajo arduo, que los conduce pronto a un éxito mayor.

A propósito de esto, hace poco recuperé el contacto de una amistad que hice en mis tiempos de funcionaria de SEDECO, donde mi trabajo consistía en hacer difusión y proyectos culturales para los mercados de la CDMX. En el camino conocí a Araceli, una señora muy linda que cocina espectacular y que apenas comenzaba a vender las salsas que preparaba en su casa de manera artesanal. En ella vi a una empresaria entusiasta muy orgullosa de su trabajo como cocinera porque al fin, era una salsera profesional. Recuerdo que en una expo de MIPyMEs que organiza el gobierno capitalino, llegó con sus cajas de salsas y las acomodó muy bonito mientras recibía a los curiosos, tal como lo hace un artista el día de su inauguración. Con pedacitos de tostada rebozada en sus creaciones de “Enchilarte”, Araceli conquistó el corazón y el estómago de todos los visitantes porque picaban muy sabroso y te dejaban con ganas de más. La convivencia con ella me dejó un gran sabor de boca, sobre todo porque me pareció admirable su actitud frente a su status de dueña de su propia marca.

Se nos atravesaron algunos años y me la volví a encontrar; ha crecido mucho porque se puso a estudiar nuevas técnicas de conservación de alimentos y formó una cooperativa con la que vende en distintas ferias y de manera particular. Hoy apoya a otras mujeres, es consultora nacional de La Voz de las MIPyMEs y colabora con esta asociación para organizar el lunes en Expo Reforma un evento importante por si la quieren acompañar.

También ha tenido la oportunidad de retomar cada vez más recetas de las que aprendió con su abuela, quien a su vez aprendió con su abuela, así que tenemos estos manjares preparados de manera continua desde hace al menos 180 años. Entre sus novedades incluyó al chile chilhuacle, que es como el habanero pero negro, más grande, cuesta $1,200.00 el kilo y está en peligro de extinción, por eso hay que cocinar con él.

Araceli E. García es una empresaria ejemplar, una de muchas cocineras extraordinarias que a diferencia otras personas, ha tenido confianza en su trabajo y en la ética de su selección de ingredientes. Díganme si no conocen a alguien así, que les pone a pensar que si tan sólo pusiéramos un poco más de empeño y confianza en lo que sabemos, estaríamos en otro lugar.

POR JULEN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG

CAR

 

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