DESDE AFUERA

Una nueva/vieja Guerra Fría

La invasión de Ucrania hizo notar el poderío ruso, sus limitaciones y de paso revivió temores casi atávicos que revitalizaron la razón de ser de la OTAN

OPINIÓN

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José Carreño Figueras / Desde Afuera / Opinión El Heraldo de México

Algunos historiadores dicen que la Segunda Guerra Mundial fue en realidad la continuación y conclusión de la Primera, y sin ser historiador tal vez podría aventurarse que la actual etapa es más una nueva secuela de la Guerra Fría que un segundo conflicto aparte.

Porque la realidad es que tenemos todos los ingredientes.

Están la insensitiva coalición ganadora y el revanchismo, de entrada. De la misma forma que al final de la Primera Guerra los aliados impusieron a Alemania el durísimo Tratado de Versalles con condiciones tan onerosas como humillantes, el impacto del derrumbe del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética llevó a Rusia a una crisis igualmente brutal y degradante, con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como el símbolo de la indignidad sufrida.

Si lo fue o no, es lo de menos. La percepción fue y es esa. El resentimiento y la humillación pueden ser poderosos argumentos de política doméstica y el tener un perverso enemigo externo siempre ayuda a mantener vivo el recuerdo de los malos nuevos tiempos recientes, en contraste con la era en que se les temía y les respetaba.

Eso permitió a un tal Adolfo Hitler explotar sentimientos de revancha y poner a buena parte de los alemanes en un frenesí suficiente como para provocar la Segunda Guerra Mundial; las tropelías cometidas por los países occidentales durante "el siglo de la humillación" están en el fondo de la actual postura china; la indignación y la nostalgia se unen detrás de la posición de fuerza de Vladimir Putin y su demanda de que Rusia sea tomada en cuenta.

Es, como dice el tango, "la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”.

Cierto que Rusia nunca dejó de ser una potencia militar, aun en los malos tiempos de los años noventa, ya sin el "cinturón de seguridad" –el Pacto de Varsovia– y el desprendimiento de varias de las naciones que de grado o por fuerza fueron absorbidas y recreadas por los zares y luego la Unión Soviética.

Ciertamente la era Putin ha llevado a que los rusos hayan vuelto a percibirse como una potencia, gracias en buena parte a una mejoría económica propiciada por la riqueza de materias primas en su territorio, sean petróleo y gas, minerales o agricultura, y en el otro extremo su industria bélica.

Pero ya no es la misma Rusia que fue el núcleo de la URSS, ni Putin o sus partidarios son el Partido Comunista y su sistema no está más cerca del socialismo que los antiguos aliados y vecinos hoy afiliados a la OTAN. 

La invasión de Ucrania hizo notar el poderío ruso, sus limitaciones y de paso revivió temores casi atávicos que revitalizaron la razón de ser de la OTAN.

Pero más allá de visiones interesadas, los vecinos de Rusia tienen razones históricas y geopolíticas propias para no confiar en ella, aunque para algunos latinoamericanos tal vez no sean visibles debido a la curvatura de la tierra. Pero son similares y más antiguas que los reparos de los países latinoamericanos respecto a Estados Unidos.

POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
JOSE.CARRENO@ELHERALDODEMEXICO.COM
@CARRENOJOSE

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