ARTE Y CONTEXTO

La golondrina y el príncipe de La princesa infeliz Parte I

Por el narco y la violencia desmedida la ciudad y el estado en general se volvieron peligrosos

OPINIÓN

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Julen Ladrón de Guevara / Arte y Contexto / Opinión El Heraldo de MéxicoCréditos: Especial

El estado de Chihuahua es uno de los más cercanos a mi corazón porque toda mi familia materna (más o menos 300 seres humanos de apellido Burciaga para el día de hoy) es de allá. Cada vez que llegaban las vacaciones de verano, mis padres me aventaban en un avión directo a la capital chihuahuense para que mis abuelos y tíos se encargaran de recibirme y así mis pobres progenitores descansaran un par de meses de mí. Entre los años 80 y 90 me volví una gran nadadora y una buena clavadista gracias a esos veranos, porque todas las mañanas la pasaba en la alberca de la deportiva, que era pública, olímpica y llena de gente muy linda. Tenía plataformas y trampolines que desde las alturas me llamaban con sus voces de sirena desafiante: “a que no te atreves a tirarte desde aquí” decía la plataforma de diez metros, a la que una vez que te subías hasta arriba era imposible retroceder, porque bajarse de espaldas era más peligroso que entregarse al vacío. 

Por suerte para mí, eran mis épocas de marimacha y por eso nunca le tuve miedo a lanzarme en una suerte de suicidio controlado, sintiendo el infinito hoyo en medio del estómago y luego el golpazo en la espalda caundo caía mal. Tampoco me importaba mucho que me dijeran “La masiosare” por chilanga, porque era la época donde los autos y tienditas de algunos panistas tenían calcomanías que decían cosas como “Haz Patria, mata a un chilango”, por aquello que los capitalinos les robábamos más del dinero que merecíamos por parte de esa entidad. 

La alberca se cerraba a la hora de la comida y entonces había que regresar con mi abuelita Crucita, que era muy linda; una viejita pequeña y jorobada de tanto cargar el mandado para sus 17 hijos, nietos y demás invitados a su mesa. Crucita había nacido en El Oro el 3 de mayo, el día de la Santa Cruz y vivió con mi abuelo en Villa Panamericana, cerca de una avenida desde donde se podía ver una maquila enorme a pocos metros de ahí.  

Chihuahua me encantaba porque podía jugar con mis vecinos y mis primos en la cancha de básquet de la calle, ir por las tortillas y caminar a casa de mis tíos tomando el camión o pidiendo un raid a alguna troca para irnos en la parte de la caja sin problemas.

Ahora no puedo creer que esos tiempos fueran posibles, mientras escribo siento una especie de nostalgia escalofriante por los tiempos que corren. A veces imagino que los míos son recuerdos implantados por el amor a ese terruño norteño, pero no, es verdad que lo que les cuento fue posible alguna vez. 

Por el narco y la violencia desmedida la ciudad y el estado en general se volvieron peligrosos. De hecho la última vez que estuve por allá en navidad, toda la gente del estacionamiento del Walmart se tiró pecho tierra cuando el escape de un auto viejo tuvo a mal soltar tres chispazos que podrían ser o cohetes o balas perdidas así que por si las dudas, mejor todos se tiraron al suelo. Esa imagen, la sensación de indefensión, lo inaudito del silencio espectral que padecimos todos mientras asimilábamos de dónde provenían los tronidos me persiguen todavía. 

Del dolor de tantas muertes tan violentas como innecesarias surgieron artistas con propuestas culturales, no sólo para contrarrestar sus efectos, si no también como contraveneno para tanta impunidad. 

En lugares y momentos como los nuestros, el arte y la cultura surgen con más fuerza de manera natural porque son las defensas naturales de los cuerpos sociales que desean permanecer vivos pero dignos. Por eso los gobernadores de estados como el de Chihuahua deben ser consecuentes con las necesidades de sus gobernados, que en realidad son los generadores del dinero que se requiere para que todos sigamos de pie, así que no comprendo por qué la gobernadora Maru Campos tiene el valor, el cinismo y la osadía de erogar 34 millones 800 mil pesos por las 12 funciones de “La golondrina y el príncipe”, una obra de teatro que nadie quiere a cambio de los demás programas culturales que se tuvieron que cancelar. Cómo duele el descaro y la burla, cómo hiere que nos tomen por idiotas, qué derecho tienen de maltratarnos así y de quitarle a su estado el dinero para generar la cultura y el arte que se necesita para demostrarle a los jóvenes que hay más caminos que el del narcotraficante. 

La vamos a estar observando, habrá que ver qué sucede después del estreno del 11 de noviembre; haremos cuentas y un recuento de lo perdido para este año en materia de arte, estaré aquí de vuelta para recordarle a esta señora que el estado no le pertenece, y que esto le sirva de ejemplo para que todos nos inconformemos alzando la voz, en contra de estos atropellos, de sus cómplices, de los presidentes silentes de sus partidos permisivos y de las reacciones de los más ofendidos. Saludos cordiales, señora Gobernadora Maru Campos, aquí a sus órdenes para cualquier asesoría. 

POR JULEN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG

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