LA NUEVA ANORMALIDAD

Madonna, de frente y de espaldas

De espaldas, Madonna ha sido siempre no sólo tentadora sino, mejor, provocadora. Lo era a sus 26, contoneándose en un puente veneciano

OPINIÓN

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Nicolás Alvarado / La nueva anormalidad / Opinión El Heraldo de México

De espaldas, Madonna ha sido siempre no sólo tentadora sino, mejor, provocadora. Lo era a sus 26, contoneándose en un puente veneciano, acechada por un león que ante su poderosa belleza mutaba en lindo gatito. Lo era a sus 34, sin más que una camiseta, la mirada extraviada allende la ventana, la mano explorando un placer que no devenía nuestro sino porque, antes, era todo suyo. Lo era a sus 47, de leotardo, bailando ante el espejo sin otra pareja que un tocacintas. 

Lo era a sus 57, vestida de luces, tropezando con su capa y volviendo a levantarse. Y lo fue hace apenas unos días –a sus 63–, al dar media vuelta para abrir paso al despiporre juvenil, el bien torneado culo al aire pero, antes, la altiva frente en alto.

De frente, Madonna nunca fue una mujer hermosa pero sí una muy guapa. A los 24, atada a sus propias cadenas, la melena corta y despeinada, nos desafiaba a seducirla. A los 36, de mustias trencitas, espetaba con las cejas arqueadas y los labios renegridos que nada tenía de qué arrepentirse. A los 42, tocada con sombrero vaquero, se ufanaba de su poder (dizque musical) para unir a burgueses y rebeldes. Y todavía a los 61 se permitía –con la ayuda de un poco de colágeno no discreto, pero no demasiado distractor– alternar a placer entre un cigarrillo y el dedo gordo del pie de Maluma, instrumentos de una fijación oral que alentaba nuestra escopofilia.

En esos Video Music Awards que inauguró y en los que terminó por dejar al público de literales nalgas, sin embargo, Madonna no lució guapa de frente. Y no porque sus rasgos –ojos almendrados, pómulos salientes, labios carnosos, mentón marcado– no fueran perfectos, y no porque su maquillaje –cejas desafiantes, pestañas gruesas, base tersa, rubor discreto– no fuera impecable, sino porque –trapacera paradoja de la cosmética– todo era demasiado perfecto. Labrado por los desmesurados oficios del cirujano, el dermatólogo y el maquillista, su rostro era una máscara lisa e inerte, apenas redolente de la joven fresca y la mujer madura que ha sido –a veces en simultáneo– a lo largo de cuatro décadas.

Madonna ha sido vocera de libertades sexuales y de género, de cuestionamientos religiosos y políticos, de ideas complejas y transgresoras. Que haya decidido hacer del derecho de las mujeres a envejecer como seres sexuales su nueva bandera es pertinente y encomiable. De espaldas lo dice, con desafío e irreverencia. De frente, sin embargo, se desdice de su propio mensaje, desdibujado ante una concesión vanidosa al mainstream en que se obliga a una juventud que ya no tiene y que la cultura no debería obligarla a aparentar.

El próximo gran proyecto de Madonna deberían ser sus arrugas: orondas, desafiantes, seductoras. Hay belleza en ellas. Sólo falta que nos permita, que se permita, descubrirla.

POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR

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