ANÁLISIS

Pensar Cuba a fondo

El tiempo y los corazones en la isla caribeña no están congelados. Prosigue y desafía nuestra libertad, y será preciso que ellos no pierdan camino en su avanzada

OPINIÓN

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Rodrigo Guerra López / Colaborador/ Opinión El Heraldo de México

Caminar por las calles de La Habana es una experiencia única. Existen otras naciones con grandes dificultades, existen otras islas perdidas en la memoria, existen otros rostros que parecen no significar nada para el resto del mundo.

Sin embargo, en Cuba todo esto y más, se entremezcla con la sensación de que un gran pueblo subyace tras los escombros de los edificios erosionados por el viento y por los años. La densa historia que teje la vida de los cubanos no sólo es recuerdo de un pasado remoto, sino afecto profundo a valores siempre más grandes que explican un singular ánimo de lucha y supervivencia. El pueblo cubano es una síntesis única de cultura caribeña, de ideales quijotescos y lágrimas escondidas que se agolpan como queriendo salir.

Cierro los ojos y las postales de la Plaza vieja, del Castillo de la Real fuerza y de la Catedral, se agolpan en la imaginación. Los abro y experimento durante un instante esa sensación de nostalgia que sobrecoge el corazón. Pero, si he de ser sincero, la nostalgia no nace de las calles, de los muros o del mar. Brota de los auténticos amigos, todos muy jóvenes, con los que compartimos un plato de “tostones” de plátano, un poco de “congrí”, y cuando el humor y el bolsillo lo permiten, un sorbito de ron “Santiago”. ¡Que importante es ofrendar lo poco o mucho que se tiene! ¡Que grande es aprender a disfrutar de una nueva humanidad en esta compañía!

Escuchar a los jóvenes cubanos es fascinante. La pasión por la verdad asciende hacia sus labios como un torrente. Sin duda, son el vehículo privilegiado de la esperanza y de la fantasía social. Me conmueve platicar con los poetas que, en una pequeña casa llena de libros, intuyen que las palabras hermanan fuerte, aún a los desconocidos. Un verso, el silencio y un abrazo, son semillas que germinan más pronto que tarde.

La historia no se detiene en la Isla aún cuando un cierto folklorismo la concibe como un museo viviente de los años cincuenta. En cada mujer y en cada hombre que elevan su vista hacia el cielo azul, muy azul, se incuba la sospecha de que Félix Varela tenía razón. En sus Cartas a Elpidio, el sacerdote no duda en afirmar “el furor de los impíos no se calma sino con la destrucción de las personas” (…) “[A los jóvenes] diles que ellos son la dulce esperanza de la patria, y que no hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad”.

En efecto, pensar Cuba a fondo conlleva el descubrir las razones para afirmar a todas las personas como seres con dignidad. No hay virtud con impiedad. No hay futuro a través de las violencias. El presente y el destino de este pueblo hermano descansan en esta pequeña, pero trascendental intuición. El tiempo en la Isla no se detiene y los corazones tampoco. Será preciso que no pierdan camino.

Confío en que los más jóvenes entenderán mejor que los mayores, las verdaderas lecciones de la Historia. La libertad fácilmente es convocada para destruir. Pero la libertad tiene un horizonte mayor: construir. Edificar con valentía, y sin claudicar a la verdad, una casa en la que nadie muera. Una casa donde el pueblo resucite y pueda soñar sin cortapisas un futuro solidario con justicia y dignidad.

POR RODRIGO GUERRA
PROFESOR-INVESTIGADOR DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN SOCIAL AVANZADA (CISAV)

dza