MALOS MODOS

Philip K. Dick

En 1982 se estrenó Blade Runner, una película distópica ambientada en una penumbrosa futura ciudad de Los Ángeles

Julio Patán / Malos Modos / Opinión El Heraldo de México
Escrito en OPINIÓN el

Lo normal hubiera sido que Philip K. Dick terminara por convertirse en uno de esos autores con un libro que, por su éxito, hacen olvidar el resto de su obra. En 1982 se estrenó Blade Runner, una película distópica ambientada en una penumbrosa futura ciudad de Los Ángeles. Una empresa todopoderosa se dedica a crear humanos modificados genéticamente para desarrollar tareas específicas con gran eficacia y morir jóvenes, sin causar problemas. A Rick Deckard, ex policía, se le encomienda cazar a un grupo rebelde de esos esclavos genéticos.

Sin éxito a su estreno, la película terminó por alcanzar el estatus de obra de culto, por competir por un par de óscares y por iniciar una exitosa franquicia que, en efecto, es un punto y aparte en la historia de la ciencia ficción, y del cine. Lo merece por mil razones, desde la dirección de Ridley Scott, que tres años antes había estrenado Alien, hasta el trabajo de un elenco encabezado por Harrison Ford, hasta la música de Vangelis. Todas esas razones, sin embargo, no bastaron para opacar el resto de la obra de Dick, que murió ese mismo 82 y dejó una extensa y sui generis bibliografía a sus espaldas que, perdonarán el lugarazo común, conecta como ninguna con esta actualidad conspiranoica y filo autoritaria.

Basada en una de sus novelas, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Blade Runner contiene dos temas recurrentes en Dick: el escepticismo ante la tecnología y el miedo a un Estado policiaco. Lo que no contiene es el ingrediente más atractivo y más actual de su obra: el complotismo. La idea de que la realidad es una puesta en escena; de que los dueños secretos del mundo nos controlan sin que seamos capaces siquiera de darnos cuenta. ¿Quiénes son los dueños del mundo? El imperio romano. Tal cual. En varias de sus novelas, el distopismo complotista de Dick aterriza en la idea de que el imperio romano, lejos de caer, supo ocultarse, disfrazarse, crear una gran mascarada histórica, para no ceder su dominio del mundo y mejor ejercerlo desde las sombras. Toca a sus protagonistas, hombres estrambóticamente iluminados, desenmascarar esa mentira.

Eso es la obra de Dick. Novelas como VALIS, Ubik y sobre todo El hombre en el castillo, la más conocida, son escenificaciones de la paranoia, escenificaciones geniales a largos ratos y delirantes sin excepción que hablan de gobiernos ocultos, mentiras todoabarcantes y aberraciones científicas, o sea, insisto, novelas sintomáticas, actuales, vigentes.

¿Cuál fue el motor de esa obra singularísima? De entrada, algún padecimiento profundo, quizás alguna forma de la psicosis. Pero la locura rara vez funciona al ser trasplantada a la literatura. Sin duda lo hace en esta obra que hoy reedita, ordenada, libro a libro, la editorial Minotauro. Aprovechen la oportunidad.

POR JULIO PATÁN

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