Iztapalapa y su Jesucristo o la inercia de una pasión

‘Total, que aquello se convirtió en la terapia ocupacional, colectiva e histórica más grandiosa que hasta entonces había visto el oriente de esta ciudad.’

Iztapalapa y su Jesucristo o la inercia de una pasión
Julén Ladrón de Guevara/ Arte y contexto / Opinión El Heraldo de México

La inercia del amor por sus tradiciones, ha llevado a los ocho pueblos de Iztapalapa a contar hoy 178 años representando la pasión de Cristo. De Iztapalapa se pueden decir muchas cosas, entre ellas, que nos ha regalado uno de los acervos culturales vivos con mayor arraigo en el corazón de los mexicanos. El origen de este ritual viene de 1833, cuando una epidemia de cólera  que venía desde Canadá, mató a cientos de personas que no pudieron sobrevivir a esta enfermedad.

En un intento desesperado por detener el terrible mal, algunos iztapalapenses fueron a suplicarle al Cristo de la Cuevita que por favor los ayudara, con tan buena suerte que la epidemia cesó. La coincidencia fue tomada por milagro y a partir de ese momento, prometieron al prodigioso Cristo que hasta el fin de los tiempos, el pueblo entero se abocaría a representar la pasión y resurrección de Jesús. Y así fue. A partir de 1834 comenzaron a hacer el casting para los papeles más importantes, tomando en cuenta la integridad moral, personal y religiosa de las personas elegidas.

Con esos principios, estarían seguros de que Jesucristo y la Virgen María estarían dignamente representados por gente buena y sin mácula, lo que serviría como un ejemplo para su comunidad. De inmediato comenzaron a diseñar el vestuario, a buscar las telas para los ropajes y a convocar a los carpinteros que fabricarían las cruces. También las cocineras se pusieron a trabajar para ver con qué iban a alimentar a toda la feligresía que estaban por recibir. Los más desinhibidos se convirtieron en actores mientras que los intelectuales del barrio escribieron los guiones y a ponerse de acuerdo con los directores de escena, cuyo oficio principal era el de poner las obras de teatro en las escuelas del rumbo.

Total, que aquello se convirtió en la terapia ocupacional, colectiva e histórica más grandiosa que hasta entonces había visto el oriente de esta ciudad. Mientras todos trabajaban en equipo para un fin común, las tristezas y los duelos por las muertes de la epidemia fueron cobrando un mejor sentido, e Iztapalapa se fortaleció desde sus raíces para mostrarle al mundo, lo que significa tener una pasión de a de veras y florecer en comunidad.

Desde entonces y hasta hoy, los representantes de cada personaje de la biblia incluido en esta extraordinaria representación, viven a flor de piel la emoción de meterse de lleno en su papel para agradar al Cristo de una Cuevita que aun sigue de pie. Han pasado muchos años desde que los primeros suplicantes pidieron fervorosos por la vida de sus familias a su generoso señor, pero más de siglo y medio después, esa súplica está vigente por tanta muerte y enfermedad.

Por eso, en medio de esta nueva pandemia que nos azota con menos piedad, Iztapalapa se hace presente llevando como protector a su Cristo de la Cuevita, para que a nombre de toda la humanidad nos haga el milagro de regresarnos la paz. Visto así, celebremos que los actores, escenógrafos, nazarenos, artesanos, sastres, carpinteros, caballerangos, penitentes, cocineras y demás el pueblo en general, cumplan con su inefable labor, para ayudarnos a detener al fin este terrible mal, que no deja de amenazar lo que aún queda de la existencia como la conocimos antes. Hasta entonces, conservemos la vida y las tradiciones, para que los mexicanos del futuro se sientan orgullosos de lo que logramos para ellos. 

POR JULÉN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG

avh 
 


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