La primavera 2021, Coyoacán y el rosario de mi abuela

Coyoacán no sólo me proveyó de recuerdos, sino también de varias de las semillas que con el tiempo me dieron unos frutos tan dulces como inesperados.

La primavera 2021, Coyoacán y el rosario de mi abuela
Julén Ladrón de Guevara/ Colaboradora/ Opinión El Heraldo de México

Con la llegada de la primavera, pienso siempre en la renovación de la vida y en un el futuro esperanzador, aunque esté débilmente justificado. Me siento lúcida y optimista, intento dejar lo peor del pasado en un cajón y me voy a dormir con alegría. Sin embargo, de manera infalible, las primeras noches de estos días, mis sueños me remiten al pasado, como para recordarme de dónde vengo  y así saber que voy bien hacia donde quiero llegar. Cuando tengo algún sueño con “mi hogar”, el escenario irremediable es mi casa de Coyoacán. Aquella con las paredes de adobe de casi un metro de ancho y de techos altos que, con cada temporada de lluvias amenazaban con colapsar; sus avisos eran como telegramas breves en forma de pedazos del tirol descascarado y a pesar de la preocupación y el empeño de mi padre en derretir azufre con jabón en una cubeta de aluminio para cubrir las grietas, el agua se colaba de vez en cuando hasta formar pequeños charcos en los tapetes o en los sillones.  Era una casa entre maravillosa y decadente, igual que mi infancia. Vivíamos en una especie de opulencia intelectual pero éramos clasemedieros económicamente, y a veces muy pobres en cuando a cohesión familiar se refiere, como casi todas las familias ahora.

Coyoacán es un lugar tan bonito que no cuestiono a mi subconsciente por querer regresar reiteradamente; mis memorias me utilizan para pasearse por los jardines de la colonia del Carmen porque le gustan los espacios donde vivimos a veces muy felices, a veces no. Además ¿quién no querría regresar a la Ciudad de México de los años 80, jugar en la calle y cerrar tras de una la puerta de la entrada sin tener que dar explicaciones de la ruta de vagancia para esa tarde? Me gusta visitar ese hogar de nuevo, caminar por sus pasillos luminosos y acariciar a nuestros amados gatos sin el polvo del paso del tiempo interfiriendo entre esos recuerdos y yo, como sucede cuando de manera consciente pienso en esos días. En Coyoacán están también las cenizas de mi papá, las esparcimos en las jardineras del parque porque ese era su hogar; no se nos ocurrió nada mejor y me encanta la idea. Por lo pronto yo también quiero que me dejen ahí cuando se a cenizas, o en los canales de Xochimilco, para entonces dará igual.

Coyoacán es mi patria emocional más importante ya que no sólo me proveyó de recuerdos, sino también de varias de las semillas que con el tiempo me dieron unos frutos tan dulces como inesperados, como el de cocinera aficionada, el de vaga persistente y sobre todo este oficio de testigo narrador, que es el de cronista de los mercados que he visitado y que tanto me han gustado.

Como es de esperar, el primer mercado de mi vida es el de esta alcaldía y fue el tercer lugar más importante para mí después de la casa y de la escuela. Ahí transcurrían muchas de mis tardes infantiles, vagando entre los pasillos, platicando con los marchantes y disfrutando un poco de mi tiempo libre. Como cada tarde, mi papá me mandaba a comprar el bofe de nuestra gatita porque entonces no existían las croquetas para felinos; compraba también las tortillas con una señora que amaba como si fuera mi abuela y me instalaba con La Güera de la fruta unos minutos para contarle las últimas novedades de mi casa. Siempre iba con flojera y a regañadientes, pero nunca falté a mi cita cotidiana con estos seres que me daban tanto amor y paz en los tiempos de guerra familiar.

Tuve la inmensa fortuna de vivir en un pueblo que funcionaba como tal a pesar de estar ahogado por la ciudad. Los fines de semana todo alrededor era un gran mercado, tal como lo era antes de la llegada de los españoles, incluso hoy sigue funcionando así. En el atrio de la iglesia aún hacen kermeses los días de fiesta religiosa y en la parte de afuera del templo se instalan los puestos de pozole y tostadas… deliciosas. En otra parte del pueblo, junto a la cantina la Coyoacana (antes la Guadalupana) está el mercado de comida donde vendían los tamales rosa con pasitas que tanto me gustan, así como el que prepara los hot cakes de animalitos para los niños, o de Ninel Conde para los más grandes. Comer quesadillas, tamales, atole y comida festiva de temporada ahí es genial, además el entorno lo hace único y el sazón es bastante bueno. De hecho recomiendo mucho más las tostadas de aquí que las del mercado principal, donde ya no tratan bien a la gente porque se volvieron o ricos o importantes. Soberbios, a final de cuentas.

Con el paso del tiempo he reflexionado sobre el por qué amo a los mercados y una de las razones inequívocas, además de la de mi padre llevándome de la mano por Tepito y otros lugares así, es la imagen de mi abuela de Chihuahua regresando del tianguis de la esquina con las frutas y verduras en mediano estado que había comprado más barata, o que le habían ofrendado como pilón. Sin importar el estado de estas viandas, Cruz -que así se llamaba- , hacía milagros para alimentarlos a todos. A pesar de sus pocos pesos, los comerciantes del mercado no la dejaban morir sola y fue justamente ese sentido ético del valor moral del que puede proveer de alimento al que no lo tiene, el que me hizo admirar a los marchantes. Mi abuela Crucita fue verdaderamente adorable, era menuda y bajita, jorobada por cargar tantos kilos de ropa y de comida para alimentar a sus 16 hijos entre propios y asimilados y siempre me pareció como personaje de realismo mágico. Ella tenía la virtud de rezar el rosario mientras caminaba dormida y de emitir con su voz bajita palabras que te reconfortaban hasta los huesos, como es menester en Chihuahua, donde el frío se te cuela hasta la médula en invierno. No tuve la fortuna de acompañarla cuando murió pero dicen que toda su casa olía al palo de rosa de su rosario, igual que cuando lo frotaba y rezaba como un mantra esa serie tan larga de oraciones un tanto macabras para mí. Pero fueron esos rosarios los que me salvaron una tarde de una manera bastante atea, cuando cayó en mis manos una receta antigua de un pastel de chocolate que decía: “… precaliente el horno antes de meter la mezcla. Comience a rezar una vez cerrada la puerta y al terminar 3 rosarios con los misterios gloriosos, dolorosos y gozosos, apague el horno y deje enfriar antes de sacar el pastel”. ¡Gracias abuela! le dije alzando la cara al sol cuando recordé las medias horas interminables que duraba cada uno de sus misterios cuando nos visitaba en la casa, así que el pastel de chocolate de 1890 quedó perfecto y  fue un éxito cuando lo serví a la mesa.

POR JULÉN LADRÓN DE GUEVARA
CICLORAMA@HERALDODEMEXICO.COM.MX
@JULENLDG

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