COLUMNA INVITADA

La violencia contra la mujer: un atavismo contemporáneo

No podemos cerrar los ojos como sociedad, y mucho menos como hombres, frente a una realidad innegable y avasalladora

OPINIÓN

·
Juan Luis González Alcántara / Columna Invitada / Opinión El Heraldo de México

La noción de atavismo, explorada por primera vez en las ciencias naturales (concretamente, en la biología), comprende una categoría muy particular de anomalías congénitas en los seres vivos que parecen remitirse a una etapa anterior del desarrollo evolutivo, como una especie de regresión tendiente a lo primitivo.

En este sentido, el concepto de lo “atávico”, si bien ampliamente desacreditado en el terreno de las ciencias sociales desde su planteamiento inicial por Cesare Lombroso, continúa ejerciendo una fascinación peculiar al momento de encontrarnos frente a ciertos comportamientos humanos que por sus niveles de brutalidad e irracionalidad resultan difíciles de compaginar con las nociones básicas de humanidad sobre la cual se encuentra predicado nuestro sistema.

El pasado 25 de noviembre se recordó un año más de la lucha contra la violencia hacia las mujeres. A pesar de los esfuerzos institucionales, de los recordatorios mediáticos, y de las insistencias que desde la casa y la escuela se hacen, todo con la finalidad de reducir y erradicar esta manifestación tan aberrante de violencia, ésta no da tregua.

Más allá de las cifras desalentadoras que con tecnicismos y retórica parecen minimizar una realidad desgarradora, la brutalidad que parece permear el comportamiento de los agresores dan cuenta que esa violencia no reconoce clase social, nivel de educación, posición económica, edad, y es justo en este momento en que el calificativo de “atávico”, como primitivo, incivilizado e incompatible con la noción de dignidad humana, viene a nuestra mente de forma casi subconsciente.

Y es que la violencia de los hombres contra las mujeres, ese machismo potencializado por una noción hipertrofiada y tóxica de la masculinidad, desafía los límites del concepto de humano como criatura racional y sensible, y esto no sólo es por el acto de violencia, en sí mismo deleznable, sino porque el objeto de deseo por violentar es, precisamente, motivado por una razón de género.

Regodearse en el maltrato psicológico y físico contra la mujer, saberse empoderado por la fuerza física, por el dinero o por una estructura social inexplicablemente permisiva e indiferente, para justificar el sadismo, asumirse como todopoderosos para arrancar de cuajo la vida de las mujeres, es incomprensible.

No podemos cerrar los ojos como sociedad, y mucho menos como hombres, frente a una realidad innegable y avasalladora. Según el informe del Sistema Nacional de Seguridad Pública, sólo en el primer semestre de 2021 en México, los asesinatos de mujeres ascendieron a un promedio de 10.5 diarios. En una auténtica epidemia que no parece distinguir por edad, geografía o clases sociales, hay una predisposición de odio hacia la mujer por parte de estos agresores que, por lo incomprensible de su salvajismo, resulta fácil caer en la tentación de catalogarlos como “atávicos”, en el sentido lombrosiano.

Una sociedad que tolera, que invisibiliza y que normaliza esta clase de aberraciones no puede decirse sensible o civilizada. Cada día aumenta el saldo de violencia y, con ello, nuestra deuda como sociedad hacia estas víctimas, cada una de ellas con un nombre, con sueños y aspiraciones cortadas de tajo en un acto de brutalidad incomprensible. Más allá de la obligación del Estado en este respecto, existe una obligación en cada uno de nosotros, inherente en la noción de humanidad, de decencia y de dignidad, de ponerle un alto.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA
MINISTRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN

CAR