CÚPULA

Ramón López Velarde y Jorge Luis Borges

Jorge Luis creyó encontrar en el mexicano a un compañero en el camino literario, le duró poco la ilusión, Velarde murió antes

JULES CARP. “Seasons of love”, 2020. Acrílico sobre tela. Cortesía Jules Carp
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No le dio tiempo a López Velarde de asomarse a la poesía de Jorge Luis Borges. El argentino tuvo que acostumbrarse a la admiración unilateral. Siendo contemporáneos, no hubo nunca cartas de elogios mutuos. López Velarde murió unas horas antes de poder leer los poemas de Borges. Cuando Alfonso Reyes llegó como embajador a Argentina, Borges albergó la idea de compartir con él su devota admiración por Velarde, pero volvió a quedarse sin vuelta de correo: Alfonso Reyes nunca perdonó a López Velarde que publicara una reseña donde minimizaba su poesía y Reyes se vengó del mismo modo, haciéndolo menos: “Estrella fugaz de nuestro cielo poético”.

Debieron transcurrir las eras para que Borges, por fin, compartiera con un mexicano esa pasión velardiana. En cuanto conoció a Octavio Paz, se saltó el saludo y preguntó a borbotones: Oiga, Octavio, ¿qué es la chía? Es un grano que sazona las aguas frescas de México. ¿Y a qué sabe? Sabe a tierra, Borges. La chía debía saber a tierra, a eso debe saber el agua que se vende en las líneas de un poema escrito a la patria. Eso pensaron, seguramente.

Un punto de intersección entre Velarde y Borges fue el poeta argentino Leopoldo Lugones. Ambos abrevaron en la misma fuente y aunque cada uno tomó su propio curso, los versos de los dos quedaron para siempre impregnados de las huellas y los influjos del maestro Lugones. 

Fue de tal modo la afinidad entre ellos, que Borges aventuró decir que prefería al discípulo que, al maestro, rematando: “Velarde es el gran poeta”.

JULES CARP. “Restricted”, 2020. Acrílico sobre tela. Cortesía Jules Carp

Borges creyó encontrar en Velarde a un compañero en el camino literario, le duró poco la ilusión, Velarde murió antes; quizás para no morir: José Emilio Pacheco insinúa que a menudo la posteridad se gana por ser adelantado. Pacheco apostó por la idea de que el poeta zacatecano, a sus 33 años, murió justo a tiempo: ya sea porque hay ciertas juventudes que es mejor que no maduren, o bien porque vivir de viejo te puede convertir en una mala versión de ti mismo.

El caminante de la colonia Roma, en sus “andanzas callejeras, del jeroglífico nocturno”, jamás imaginó que en el extremo sur del continente, otro caminante enorme y universal como lo sería Borges, se consumía por el mismo afán de encontrar la palabra precisa. Ciertamente los dos conocían la expresión francesa: “Le mot juste”, popularizada por Flaubert, pero esa pasión compartida no provenía del conocimiento literario como de la sensibilidad poética, la de decir, con absoluta justeza, la esencia de las cosas.

Hace unos meses, Mario Vargas Llosa publicó una compilación de ensayos y entrevistas dedicadas a Borges. Una de las cualidades que destaca el escritor peruano es precisamente esa capacidad de Borges para encontrar el adjetivo perfecto. Cita el verso de Borges “La unánime noche” para agregar que, en efecto, la noche es unánime. Lo hemos sabido desde siempre y nunca se nos había ocurrido. Esa ambigüedad borgiana en el uso de los adjetivos: evidentes y a un tiempo insólitos, es la propia de López Velarde.

En poesía los adjetivos no gozan de buena prensa, mucha tinta ha corrido contra ellos. (Los poetas metidos a profetas suelen levantar el dedo índice, admonitoriamente, y amenazar ¡que ay de ti si se te cuelan!) Contrariamente, López Velarde brilla como poeta, entre otras cualidades, por la abundancia de afortunados adjetivos. Tanto se fía de ellos, que han sido la vara con que se mide a los poetas: por sus adjetivos los conocerás. 

Cuenta la anécdota que los poetas Xavier Villaurrutia y Salvador Novo entregaron a López Velarde un legajo de poemas y rogaron su opinión sobre los mismos. Velarde señaló que Villaurrutia era el verdadero poeta, y todo por haber escrito que las peras eran pecosas. Un verso, decía Velarde, que le hubiera gustado haber escrito. No descubrió las pecas de la pera, fueron otras las cosas donde descubrió las pecas: en la “nube cenagosa”, la “ubérrima ubre”, el “equilibrista chuparrosa”, la “ingenuidad casamentera”…

Qué es un adjetivo que no sea la aguda observación, el pensamiento desplegando las particularidades del sentir, la atenta definición del estado sensible. La exacta penetración en la materia que nos anima. Definir los múltiples matices del mundo es una manera de multiplicar la riqueza de nuestra vida interior. Desdeñar el adjetivo significa cerrar las puertas a la claridad.

Por Miguel Maldonado

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