Una puerta de palabras

Si se valora lo que la lectura consigue, a las demandas de la población se uniría la de libros

Una puerta de palabras
SALVADOR ELIZONDO. Diseño para una biblioteca universal, del Cuaderno de diario 24, 153 p., 1969. Cortesía: Paulina Lavista

Le debo a mi bisabuela el gusto por la lectura. No recuerdo mi edad, pero apenas comenzaba a reconocer los trazos de cada letra, cuando me sentó a su lado y me pidió que leyera en voz alta las principales noticias. Me fascinó el nombramiento de lectora particular que me asignó, y lo seguí ejerciendo hasta que, a la edad de 104 años, la mujer más sabia de mi familia y la única que conocí que jamás aprendió a leer, se despidió de la vida.

Fue en la escuela y en casa donde tuve mis primeras relaciones con el libro, pero ya para entonces le llevaba ventaja a mis hermanos y compañeras de clases en las asignaturas de lectura y redacción. Desde entonces los libros han sido mis incondicionales compañeros. Han viajado conmigo, han entrado a la cueva de las tristezas, han respirado el mismo aire fresco y luminoso que yo, y han sido el remedio contra la zozobra que de tanto en tanto se me encaja en la piel.

Aún así, creo que en el Día Internacional del Libro no hay mucho que celebrar. Y menos después de los latigazos que nos ha dado ese enemigo inesperado que llegó a nuestras vidas para instalarse a sus anchas hace ya más de un año. En 2021, el debate sobre los riesgos que corre la industria editorial ante la llamada revolución digital, parecen venir de un espacio que en nada se asemeja a México, ni a ningún país cuya población en estado de extrema pobreza ha crecido sin control en los últimos 13 meses. Eso sí, mi agradecimiento por los autores que he leído en este encierro es doble.

No intento negar la crisis de la cadena editorial que, por cierto, no existiría sin los escritores que, salvo excepciones, son los que menos ganan, pero echaría las campanas al vuelo si este 23 de abril, con un libro en mano, intentamos buscar la respuesta a las dolorosas preguntas sobre la escasez de lectores, las librerías en quiebra, la casi nula venta de libros.

PORTADA. Libro Chavela Vargas. Entre García Lorca y Pedro Páramo. Conversaciones con María Cortina, 2021, Ed. Mundos Raros. Cortesía: María Cortina.

La pandemia nubló el paisaje, pero la tormenta ya había comenzado hace décadas. La situación económica de la mayor parte de la población influye, pero no es el motivo único por el que sólo cuatro de 10 mexicanos leen un libro al año. Como Federico García Lorca clamara, hace ya más de 90 años, estoy convencida de que si se valora lo que la lectura consigue o se sintiera en verdad la agonía que padece aquel que siente la necesidad de saber y no tiene medios, a las urgentes demandas de la población se uniría la de ¡libros!, ¡libros!, como repitió García Lorca en su alocución de Fuente Vaqueros. No tengo la fórmula para conseguirlo, pero sé de la urgencia de esparcir, como el más contagioso virus, el disfrute por la lectura, y aspirar a que un día, ojalá no muy lejano, alguien se atreva a diseñar una puerta que, sin lesionar lo ya construido, ingresen mujeres y hombres al universo de la lectura. Una puerta de palabras de papel, de tinta o digital, pero que permanezca abierta, de par en par.

Por María Cortina

avh 


Compartir