El libro: un espacio en movimiento perpetuo

Una obra impresa tiene muchos recovecos y muchos lugares que nunca han sido visitados

El libro: un espacio en movimiento perpetuo
Nancy, de Bruno LLoret. Dharma Books. Ambos, diseño de portada Raúl Aguayo. Cortesía: Dharma Books

Siempre me ha parecido fascinante el tema de la obra abierta. El libro como un espacio de indeterminación; el círculo que nunca cierra, o que cierra hasta que es leído. Estas hipótesis, claro, vienen consagrándose desde tiempo atrás. Y han pasado por pensadores maravillosos como Umberto Eco. Y también estas teorías habitan en otros espacios, en otras artes, y se encuentran de pronto en lugares comunes y masticados: como qué pasa con el árbol que cae en medio de la selva y nadie escucha retumbar la tierra. ¿Realmente se cayó ese árbol? Yo creo que sí, aunque algunos dicen que no. Y también creo que el libro no tiene que ser leído para existir, mas sí tiene que leerse para completarse. Existe desde que está en la mente del escritor, como también se ha dicho muchas otras veces, pero incompleto. Las lecturas que se hacen, así como las vistas a una pintura, son una obra en sí misma.

La Azotea, de Fernanda Trías. Dharma Books. diseño de portada Raúl Aguayo. Cortesía: Dharma Books.

La lectura, por esta razón, no es estática. Y al no ser estática, tampoco lo es la materia prima desde donde emana. El libro y su lectura habitan en constante movimiento, y son mutables, inalienables y atemporales; podríamos agregar que, en algunas ocasiones, son indescifrables. Una lectura del mismo libro no es igual la primera vez que la segunda, tampoco lo es a una edad que a otra. Es tan viva y tan corpórea que envejece al igual que quien la hizo. Esto nos permite retomar el tema antes planteado: el por qué es una obra en sí misma.

LIBRO. Portada de El caníbal ilustrado, de Antonio Ortuño. Dharma Books. Diseño de portada Raúl Aguayo. Cortesía: Dharma Books

Las lecturas complementan constantemente las historias: exigen, pues, de una interpretación y una representación imaginaria de lo que está ahí, en tinta sobre el papel. Pero esa interpretación se compone siempre de distintas cosas, y se nutre de otras tantas. Cuando uno descubre y entiende una novela, y asegura un final en su mente, uno que no está escrito, pero que viene después del punto final, está imaginando desde un entendimiento particular, uno que nunca más volverá a ser el mismo. Ni siquiera una hora antes, o una hora después. Terminar un libro un sábado a las seis de la tarde, después de haber comido pasta carbonara, no provoca lo mismo que terminarlo un domingo a la una después de haber almorzado barbacoa. La mente juega, y jugará, escenarios tan disímiles como polifónicos, y entenderá que esa historia puede tener infinitas conclusiones.

Cuando imaginas al libro y a la lectura así, se vuelve todo aún más místico y hermoso: el libro tampoco es el mismo siempre y, por consecuencia, no es estático. Porque tampoco tiene un solo círculo. Así como lectura no hay una sola, tampoco hay un solo espacio de indeterminación. El espacio no es el mismo siempre: se crea y existe gracias a quien tomó esa obra, en un momento específico de su vida, y decidió que, en lugar de jugar a imaginar un final, iba a decidir fantasear sobre el inicio, sobre lo que estaba antes de que esa historia existiera.

Es por eso que cada lectura es una obra también: porque es infinita y conversa con las historias: y porque el libro tiene muchos recovecos y muchos lugares que nunca fueron visitados antes. Feliz Día del Libro, pero también feliz día de la lectura.

Por Nicólas Cuéllar Camarena

 


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