Danza de letras

Signos que avanzan como las nubes, que cobran vida, que brillan o que vuelan como las aves; en este texto el autor nos revela un universo secreto de grafías

Danza de letras
SABERES. Libros en Italia, s/f. Foto: Mena Sánchez Cuevas.

Rojo, una de cuyas etapas fue el Libro de Letras, editado en 2019 por Lorena Zozaya, del Taller Gráfica Mexicana, en 40 ejemplares, comencé el libro del que forman parte estas especies tipográficas con la idea de que, si los libros están hechos de letras, dentro de las letras danza el universo.

Uno. NUBES

Miramos pasar las letras como quien mira las nubes. El viento que las agita es el aliento de quien pasa por ahí y las hojea. También es el aire de las manos de quien las escribe o pinta. Algunos por eso han pensado que una letra es lo que queda cuando mueve y mueve el aire y el abanico se cierra. Hay letras que se condensan y otras que se evaporan. Hay las letras del rocío que al amanecer bebemos gota a gota. Y las letras del ocaso, que van perdiendo contornos hasta hundirse todas ellas en la noche más obscura. Hay nubes tan ondulantes, que parecen letras borrosas, de esas que sin luces muy potentes y lentes muy afinadas no vemos si van o vienen. Hay letras tan grandes o tan grandiosas que son como nubes que no distingues si no te subes a la montaña lejana donde alguna inteligencia distante es reina y diosa. Las nubes que acá miras hacia arriba y lucen inalcanzables son las mismas que allá son como animales pastando bajo la sombra tenaz del águila que las ronda. Algunas letras pasan de prisa, otras más bien se quedan. Las lentas nublan el cielo y, si te descuidas, te mojan. Las nubes cargan sonidos en el vapor que condensan. Son cajas de resonancia, son órganos animados, fiestas de la inteligencia. En ese aire que habitan llega a haber muy temidas tormentas, el rayo devastador y el instante del relámpago. También, por fortuna y gracia, el ritmo o la calma iluminada de una idea.

Dos. CARACTERES

Hay un ABC que se agazapa entre las líneas que miras cuando crees estar viendo una casa, una calle, una cornisa. Detrás de un árbol, una Z diminuta trepa y trepa hacia la fruta. Agusanada la espera con una S en la semilla. Detrás de esos anchos sillones hay un par de oes muy glotonas que te llaman para devorarte con sus fauces tan mullidas. Si no les gustas, se quejan y dicen que las ahogas. Si les gustas, no te dejan hasta que satisfechas se duermen todas anchas y rotundas. Al lado hay una L que simula ser una silla, pero si te acercas llora para que no te sientes en ella y porque se siente muy sola. Tiradas en mi banqueta hay una bolsa de comas, otra de puntos sin íes y una más de circunflejos. No sé quién las dejó ahí ni por qué cree que le sobran. Las trata como si fueran cosas fijas, inanimadas. Son creaturas, tienen hambre, no merecen tal desprecio. Yo me las llevo a mi casa, las limpio y las alimento. Hay haches que nadie escucha y equis que nadie toma en cuenta, ni mira. Oes  como ceros a la izquierda que al final de su circuito por la derecha aumentaron. Hay una W tan desusada que en los rincones suspira.  La Ñ se cree Frida Kahlo. La J, bailarina. Insulta a la G con descaro gritándole: “gargarismo”. Las letras son animales y detenidas nos miran. Nos leen en voz baja. Para las letras curiosas, agazapadas, furtivas, nosotros somos las letras. Pero nos ven como tipografías, si no inocentes, sí muy obvias.

UNIVERSO. Libros en Italia, s/f. Foto: Mena Sánchez Cuevas

Tres. AVES

Con sus renglones tendidos sosteniendo cada letra, una página es una jaula de oro de pájaros que gorjean. Hay letras de plumas finas, de colores indescriptibles, que al desplegar las alas ostentan un secreto carnaval, una canasta de frutas y una primavera plena. Aunque las más socorridas, por donde sea que las veas lucen simple y bellamente muy negras. Hay otras, refociladas, que aquí se llaman negritas, son como pájaros gordos muy callados que se saben expresivos, enfáticos, casi subrayados. Las aves cursivas hablan otras lenguas, mientras las versales se paran de puntas. Las versalitas, de puntitas. Son aves capitulares las que caben mal en la jaula y se quedan apretadas, llamativas, en la orilla. Hay letras en pruebas finas, esas ramas quebradizas donde, libres de ser perfectas, comen, pelean, se equivocan y se corrigen, se cortejan, picotean, se montan, se dan la espalda, son dulces un instante y al siguiente muy agresivas. Hay letras que sólo cantan mientras no vuelan. Y otras que no paran noche y día. Las letras al lado de mi cama son de esas que, al caer la noche, antes de meterse al árbol donde sueño que duermen, cantan sus despedidas. Otra vez, con insistencia, al amanecer piden agua, se cuentan sueños, vuelven a nacer y aprenden a volar. Son las letras de mi ventana que luego, dentro de mí, siguen diciéndome en silencio sus cosas más atrevidas, sus dudas, que ya son mías.

ISLA. Libros en Cuba, s/f. Foto: Mena Sánchez Cuevas.

Cuatro. JUGUETES

En la noche dentro de mi sueño las letras se despertaban y jugaban a que yo era entre sus brazos juguete. Es decir, una de ellas. Yo me creía una M, pero ellas me trataban como a una i muy delgada. Yo jugaba a la pelota con la letra más redonda, pero ellas más bien lo hacían con una T bien doblada. La lógica de los juguetes va por sus propios caminos, pinta líneas donde estaban los blancos más decididos. Pero, cuidado, que no son nada desordenadas. Las letras son esas cosas de perfección detallada que encajan unas en otras con libertad calculada. Las reglas son muy precisas, pero incluso sin romperlas, el juego que ellas animan puede tomar siempre dimensiones inusitadas. En sus juegos de reglas finas se gana sin competencia y, que yo sepa, nunca se pierde. Más que juegos son juguetes que embonan con mis suspiros o con mi sed de aventura, mis lamentos o alegrías, mis conceptos o idioteces. Juego con ellas a mil y una realidades inventadas. Algunas más verdaderas que las que afuera nos miran. Mis páginas son esas noches donde el insomnio me dicta composiciones que el tiempo, en el azar sumergido, ya no limita. La esencia del juego está en ellas conviertiéndose en presencia, en cosa, en teatro y en geometría, en posibilidad y en sorpresa. Desde los tiempos antiguos, desde que las letras son letras, tipógrafo y juguetero son oficios bellos, lúdicamente intercambiables.

ESPACIO. Biblioteca de Ghandi en India, 2001. Foto: Mena Sánchez Cuevas.

Cinco. CONSTELACIONES

Cuando en las letras te fijas y en sus formas te concentras, si te ilumina de pronto eso que lees en ellas, las letras son como estrellas. Su luz viene de muy lejos y se organiza en figuras que en la página destellan formando constelaciones. Cuentan mitos, forjan vidas, los destinos laten en ellas. Historias sagradas o muy profanas dibujan en la noche sus letras doradas. Algunas dudosas, otras certeras. En las letras del cielo, desde mucho antes de inventar la relojería, los humanos aprendieron a leer el tiempo. Y en él, la vida. El tiempo es lo que pasa entre las letras. Cada civilización tiene su alfabeto celestial, su zodiaco. En los cielos claros de la Isla de Bali, por ejemplo, se cree que el cielo picoteado es reflejo de sus arrozales. En muchas otras regiones se lee en estrellas cuando sembrar cada año, festejar a las diosas de la la fertilidad, interrumpir el uso del fuego, casarse o declarar una guerra. Todo tiene allá arriba letras brillantes que nos ordenan. Se nace bajo una estrella, el signo que te acompaña. Las letras de tu nombre celestial te dicen cómo armonizan tus pasos con los del universo o si naciste con mala estrella. En los cielos aprendemos a leer como en el rostro y el pecho de una madre. Y en esa vía láctea leemos que se alimentan animales de todas las especies. Algunas decididamente imaginarias. Si lees con atención el cielo, un dragón al anochecer nos amenaza, otro nos salva y resguarda en su fuego.

Seis. RAYO

Desde que las letras eran pellizcos en una tableta de barro, el humano, que ya era polvo al viento, comenzó a sentirse interpelado piel adentro. Ya jamás nada de lo escrito le sería ajeno. Y las  letras, encarnadas, serían parte de su cuerpo. Las letras son cuñas breves metidas a danzar sus formas con nuestros huesos. Por eso somos cuneiformes. Polvo eres y en letra te has de convertir, dice la biblia carcomida de los bibliófagos. Por algo la escritura comenzó con la metáfora de la tierra mojada que quiere hablar con la boca llena: a la vez decirlo todo y guardar sólidamente sus secretos. Luego vino el tiempo en que las letras fueron como sillas, escaleras, puertas, y estantes. Hubo algunos sombreros, paragüas, telescopios y arcos triunfales. Los tipos de cada letra fueron hechos en madera y entintados en cajas finas. Como ardían fácilmente alguien las fundió en metales duros de roer. Vinieron luego grandes artistas a firmar sus invenciones: Didot, en Francia; Baskerville, en Inglaterra; Ibarra, en España, hasta que llegó Bodoni. Fiel a su formación jesuítica, declaró que “sin temor a ser acusado de soberbia, lo que he creado es como algo eléctrico que introduce tal armonía en la simplicidad que vuelve todo lo anterior digno de olvido”. Y nos cayó en los ojos el rayo de sus letras, dejándonos en todo el cuerpo la huella que nos escribe, la cicatriz que nos hace a la vez tan eléctricos y tan cuneiformes.

Por Alberto Ruy Sánchez

avh 


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