El arte, ¿Qué sigue?

Con la irrupción de la pandemia, la autora plantea la necesidad de llevar a cabo un trabajo de sanación a través de la educación, del arte y la cultura

El arte, ¿Qué sigue?
BETSABEÉ ROMERO. Naufragio al interior de un virus, 2020. Óleo sobre tela. Cortesía Betsabeé Romero.

Con la pandemia, el tema es la enfermedad, lo que contagia, lo que cura, la vacuna, los medicamentos; pero atacar al COVID es insuficiente, lo que está enfermo en este mundo va más allá de lo fisiológico; y las secuelas de la enfermedad, más las reglas de confinamiento, provocan un malestar profundo que está fuera de control. Es necesario un trabajo de sanación a través de la educación, del arte y la cultura; sólo trabajando estos aspectos humanos podremos aliviar lo que queda del ser humano en este mundo.

Desde el arte, pensaría en tratar que las personas accedan de la manera más cercana y directa a las obras que mejor los puedan acompañar en sus duelos y conflictos más íntimos. Las novelas, las películas, la música, los cuadros donde vean identificados más claramente, el vacío que padecen.

Pensaría en curadores, terapeutas personales que, según la dolencia, recomendaran a cada quien obras de arte a las que introdujeran al público, como inoculando su lectura para que uno se sintiera, más que viendo una obra, dentro de ella –como habitando una casa donde todos los elementos que la conforman son parte de un discurso coherente, claro y, sobre todo, verdadero–; un territorio del que cada quien pueda apropiarse para fortalecerse frente a lo que padece.

BETSABEÉ ROMERO. Extintor 2, 2002. Instalación. Cortesía Betsabeé Romero.

Pienso en un “terapeuta del arte”, que sea parte fundamental en los museos, como bibliotecarios que saben dónde encontrar el libro exacto, el que necesitas para volver una pena más entendible y pasajera, como el musicólogo que recomienda un concierto para emprender un viaje sanador.

Tendríamos que poder acceder al catálogo de la obra de una gran colección de otra manera, buscando obras no para hacer visitas pedestres; recorriendo salas y salas en tanto que lugares arquitectónicos. El espacio virtual tiene otras características y, por suerte, otras potencialidades que hay que aprovechar.

Ahora que la dimensión del viaje está rota y que no sólo se cuestiona por el COVID, sino desde la ecología y el calentamiento global, estamos en una coyuntura interesante para pensar en el arte como una nave abierta y siempre lista para llevarnos a viajar por todas las historias posibles y a través de las geografías más distantes.

El arte puede ser el salvoconducto más humano para buscar el camino a la sanación de las dolencias más profundas, tanto emocionales como psicológicas y espirituales. Para introducirnos desde el reconocimiento del dolor y el cuestionamiento a través del color, de la correcta geometría y de la combinación de colores, líneas, luces y sombras; con el simple reflejo de nuestras propias lágrimas, podemos acercarnos a cierta certeza de que no estamos ni hemos estado solos nunca. El arte puede ser un bálsamo de humanidad maravilloso.

Betsabeé Romero. A vuelo de tinta. Biblioteca Vasconcelos, 2006. Instalación. Cortesía Betsabeé Romero.

Ahora que la pandemia continúa, pero que la movilidad volvió casi a “la normalidad” desgraciadamente, el mundo ya no soporta los niveles de contaminación que hemos logrado a fuerza del ejercicio exacerbado de la avaricia y el poder. La movilidad no puede tratarse de automóviles individuales, de trayectos inútiles; los edificios, las casas, deben pensarse integralmente, en relación con la sobrevivencia del todo y a la calidad de vida de las personas.

Se habla de edificios inteligentes donde además de huertos autogestivos y ecológicos para alimentarnos, se puedan alojar pequeños centros de salud donde, con los adelantos tecnológicos, sea posible hacer inclusive cirugías a distancia. Pero más allá de la salud física, la alimentación sana, el trabajo y la economía, que son lo aparentemente fundamental, el arte y la cultura son un todo –no son partes integrales–. De no concebirse de esa manera, la condición humana a futuro puede ser muy patológica, y triste, sobre todo.

En el ámbito de las instituciones y los sujetos del circuito cultural, tenemos que replantear nuestra verdadera vocación y transformar nuestras prácticas en relación con las necesidades actuales. El objetivo actual de los museos no sólo es recuperar y aumentar las visitas, sustituyendo las reales por virtuales, y mejorando la promoción en línea de su imagen; tienen muchas actividades extramuros que cumplir para lograr una nueva y más profunda relación con la comunidad. Con las nuevas tecnologías no sólo se pueden realizar visitas virtuales y animaciones cada vez más caras y sorprendentes; también se podrían ofrecer diferentes menús a los posibles buscadores de imágenes, como un Spotify de las artes visuales, usando los algoritmos tan criticados que permitieran buscar y proponer obras para acompañar cualquier momento de la vida, cualquier emoción, cualquier ausencia, cualquier tonalidad del sufrimiento o de dicha.

Así como uno construye sus propias playlist, podríamos hacer nuestras colecciones de arte para mirar y volver a reflejarnos en, y con ellas, en el momento que más lo necesitáramos, buscando incluso el diálogo con sus creadores, con sus conceptos y sus gustos, encontrándonos con artistas que viven lo mismo que nosotros y que empatizan con nuestras razones y referencias.

En la Ciudad de México tuvo que llegar la pandemia para sacarnos al sol, a la calle, para volver terraza cada café y restaurante, aspecto que espero se aplique a una creciente negociación con los espacios abiertos para compartir manifestaciones artísticas con vecinos y comunidades para siempre. Las azoteas además de poder convertirse en huertos y jardines para asados, ya se están transformando en cineclubs donde los inquilinos de un edificio comparten una programación a su gusto.

Se está pensando en instalar equipos médicos en cada edificio inteligente para hacer disponibles los servicios de salud; yo pensaría en “terapeutas culturales” que pusieran a disposición sus acervos, sobre todo, el caudal de humanidad contenida en ellos, para ayudar al diagnóstico y recomendación específica de: curas de música, tratamientos de poesía, terapias de pintura y escultura, así como apoyo con encuentros y diálogo con teatro o performance a domicilio. Las posibilidades son infinitas si lo que se busca es acercar el arte y sus poderes de sanación al público.

Betsabeé Romero. En la trama de un virus, 2021. Instalación. Cortesía Betsabeé Romero.

La cultura tendría que reconsiderar su vocación y, así como en la pintura de las cavernas, la función del artista-mago-chamán era empoderar a los cazadores, a través del dibujo en el que representaba su capacidad para dominar y cazar bestias exponencialmente más grandes que ellos, de la misma manera hoy, con la enorme falta de certezas que vivimos y el naufragio de modernidad como modelo a seguir, nos encontramos nuevamente en la caverna, enfrentando a bestias microscópicas, pero altamente peligrosas frente a las que sólo el arte y la educación podrán, nuevamente, ser el instrumento humano que recupere su capacidad de resiliencia y empatía con el planeta.

En nuestra lista de teléfonos de emergencia tendría que estar la voz de un poeta, una canción o un cuentacuentos. En cada edificio tendría que haber extinguidores para usarse en caso de emergencia simbólica, contra el fuego de la injusticia y la violencia. Extinguidores que al romperse permitan acceder a una obra de arte, al contacto humano del que sólo la poesía puede brindar certeza.

Por Betsabeé Romero

avh 


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