ARQUITECTURA

Olvidar a Barragán

El espacio en el arquitecto y la actualidad del mismo en relación a la práctica moderna, es un tema tratado de manera marginal

El arquitecto Luis Barragán en su estudio, ca. 1960. Foto: cortesía Smithsonian Archives of American Art.
Escrito en CULTURA el

En la sección de Decoración Interior, primer número de la revista Arquitectura y Decoración, publicada por la Sociedad de Arquitectos Mexicanos en agosto de 1937, se presentaron “fotografías de algunos detalles de interiores de las casas número 141 y 143 de la avenida México,” en la colonia Hipódromo de Ciudad de México. “Las dos casas —continúa el texto— son obra de Luis Barragán; construidas, cada una, en el pequeño espacio de cuatro metros de frente por 12 metros de fondo”. En el segundo número, se publicaron fotografías de la decoración interior de otra obra: “la residencia de don Gustavo Maryssael, calle de Guadiana número 3”. Las tres casas pertenecen al periodo racionalista —por llamarlo así— del arquitecto. Para Juan Palomar, el éxodo de Barragán a la capital “significó también, ante las dificultades económicas que en lo personal le representara la pérdida por su familia de buena parte de sus haberes a causa de la reforma agraria, un nuevo horizonte para lograr la solvencia económica. El recuerdo de Rimbaud que emigra a África y se dedica al comercio quizá no sea descabellado: la producción arquitectónica de Barragán en sus primeros años en México testimonia un despiadado afán de hacer dinero. No carecen de interés, sin embargo, sus obras de esa época, que dan cuenta de un esfuerzo sincero por adoptar el triunfante lenguaje del funcionalismo y conciliarlo con sus ya conscientes preferencias y raíces estéticas”.

Las casas de avenida México y de la calle Guadiana, como los departamentos de la Plaza Melchor Ocampo, realizados junto con Max Cetto, puede tenerse como ejemplo de esa arquitectura a la vez funcional y comercial, pero revelan ya ciertas opciones estéticas. Sobre todo al interior, donde Barragán se mueve con gran libertad en esa zona limítrofe entre decoración e interiorismo, ahí donde se tocan el ambiente y el espacio. El espacio en Barragán y, sobre todo, la actualidad del mismo en relación a la práctica y al discurso modernos, es un tema tratado de manera marginal. De las múltiples influencias, las interpretaciones dominantes privilegian aquellas que se refieren a una revaloración de las tradiciones nacionales y las más pintorescas y románticas entre las externas —los jardines de Ferdinand Bac, la arquitectura marroquí—. El mismo Barragán favoreció esa visión al construir su propio mito, cuando “se confiesa única y fuertemente impactado —escribió Humberto Ricalde— por la mítica Alhambra o por el África del Norte, los pueblos islámicos y la arquitectura vernácula europea”.

Para el crítico inglés William Curtis “un examen superficial de las obras de Barragán revela influencias obvias de los maestros modernos”. Afirma que siguió el ejemplo de Le Corbusier, especialmente en la Casa para Dos Familias, de 1936, donde empleó una estructura de hormigón, muros blancos, azoteas y amplias ventanas. “Se trata de las casas publicadas en el primer número de Arquitectura y Decoración”. Para Curtis —como para Palomar—, el periodo en que construye esas casas y departamentos funcionalistas, en los últimos años de los 30 y los primeros del 40, es un paréntesis entre sus primeras obras en Guadalajara y su obra de madurez. Israel Katzman precisó: un paréntesis comercial. Un periodo de especulación que, para no llamarla formal —lo que parecería ser peor pecado— se califica como financiera.

“Actualmente —escribió Ludwig Wittgenstein—, la diferencia entre un buen arquitecto y uno malo estriba en que éste cede a cualquier tentación, mientras el primero le hace frente”. Barragán, buen arquitecto, salió librado de las tentaciones tras enfrentarlas y, según Curtis, vio “más allá de las trampas del movimiento moderno”, percibiendo las “semejanzas entre las tradiciones vernáculas mediterráneas y mexicana”, y esforzándose en “reconciliar las vertientes de sus años de formación”. Parece que sobrevivió, sin contagio, al contacto con la modernidad radical de entreguerras. Pero, ¿qué si esa modernidad, abrazada temporalmente, no era una trampa, no fue un paréntesis, un error, una desviación? En un texto publicado en Vuelta, en 1989, y titulado “Barragán, el otro”, Xavier Guzmán escribió que las obras que construyó Barragán en ese periodo y que, “en apariencia, son de un carácter radicalmente distinto”, son “lo más valioso e importante de su obra. Descreo en absoluto de aquella visión que quiere reducir lo construido entonces a un impasse de especulador con tierra y arquitectura urbana”. Es claro que hay en esa arquitectura influencias directas e indirectas que se revelarán más tarde, en su obra de madurez, como coincidencias o, mejor, sintonías con las arquitecturas de su tiempo, y habríamos entonces de preguntarnos, como Ricalde, “cómo filtra, asimila e integra esa huella del movimiento moderno al lenguaje con que nos lo encontraremos expresándose en la segunda mitad de los 40”.

Luis Barragán murió en 1988, y tal vez, a más de 30 años de su muerte, habría que olvidarlo. Olvidar a cierto Barragán para recuperar una figura más compleja. Olvidarlo con ese olvido que resulta ingrediente básico de pensar críticamente. Olvidar al Barragán de la identidad nacional hecha muro y edificio, al de la hacienda recuperada y el establo trasvestido en residencia. Olvidar las fotos, aunque recordar las que son en blanco y negro, para que nos ayuden a olvidar los colores y toda la banalización que los volvió tema de guía de viajero y cliché que reduce a fórmula una idea: al mexicano le gustan los colores. Olvidar los colores, pensar lo que muestran las fotos: luz; entender que el color es una forma de la luz y no un carnet de identidad cromática; olvidar el Pantone del nacionalismo. Y volver a olvidar las fotos, por que ellas se olvidan del espacio. Olvidemos, de paso, aquello de que la arquitectura es puro espacio y de que éste jamás sale en la foto. Recordemos mejor la historia del espacio que lo revela como una idea, como un concepto cuya invención tiene lugar en un momento de la arquitectura y cuyas transformaciones aún no cesan. Olvidemos esas fotos, pero recordemos, como propuso Keith Eggener, que son parte de una clara e inteligente estrategia para fabricar una imagen, de la arquitectura y del arquitecto. Recordemos que, según Beatriz Colomina, la arquitectura moderna se hace a sí misma en el juego de la publicidad y las publicaciones, y olvidemos al Barragán asumido como antídoto local a lo moderno internacional. Asumamos al Barragán absolutamente moderno.

Por Alejandro Hernández Gálvez

avh