Libertad de expresión

Cuando dirigentes políticos como Trump o López Obrador se quejan de los medios de comunicación, lo que pretenden es anular la libertad de expresión

Libertad de expresión
Ezra Shabot / Línea Directa / Opinión El Heraldo de México

El derecho a expresarse libremente se presenta como una conquista de la modernidad. Es un derecho ganado por la sociedad ante el poder establecido, con el objeto específico de cuestionar las acciones que desde lo más alto de la cúpula gobernante se toman, y por ello afectan a uno u otro sector o individuo en forma específica.

La libertad de expresión jamás fue concebida como una necesidad de los dueños del Poder, puesto que por definición poseen ese y otros instrumentos para ejercer el mando y responder a las demandas provenientes de la sociedad.

El derecho de petición, de protesta, de manifestación de inconformidades es por lo tanto una prerrogativa de la sociedad en sus distintos segmentos.

Cuando dirigentes políticos como Trump o López Obrador se quejan de los medios de comunicación y descalifican a la crítica y a los periodistas por considerarlos “enemigos del pueblo”, e intentan ponerse en el mismo nivel que la propia sociedad en el debate público, lo que en realidad pretenden es anular la libertad de expresión como instrumento de contrapeso frente a un poder político poseedor de la fuerza suficiente para imponer su voluntad por encima de la propia ciudadanía.

El debate entre gobernantes y gobernados no es una discusión entre iguales.

El poder por su propia naturaleza esconde buena parte de sus recursos para lograr reducir la resistencia de aquellos afectados por sus decisiones.

Los medios, los periodistas, los críticos buscan encontrar aquello que el poder oculta como una forma de equilibrar y contener el uso indiscriminado de los instrumentos que permiten a los “representantes populares” hacer uso de su voluntad sin límite alguno.

Y no es que el Presidente, los diputados y senadores, y los gobernadores de los estados entre otros no tengan el derecho de responder y refutar a sus críticos. Pero su poder es totalmente asimétrico y responde a funciones totalmente distintas. El periodista profesional investiga e informa con el conocimiento y la responsabilidad que su trabajo le exige.

No es ni un propagandista, ni un gatillero a sueldo de uno u otro grupo.

Por su parte, los hombres del poder necesitan de los medios para difundir su labor y obtener reconocimiento por ello. Es un juego de dos, en donde la tensión permanente entre ambos permite la pluralidad informativa y la libertad de cuestionar y opinar.

Cuando un presidente pretende convertir a los medios en repetidores de su mensaje, la libertad de expresión desaparece y la democracia entra en el terreno de la oscuridad y el temor.

Parece ser que eso es lo que se quiere reconstruir en ese imposible retorno al México del priismo hegemónico del siglo pasado.

Por EZRA SHABOT
EZSHABOT@YAHOO.COM.MX
@EZSHABOT

dza


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